lunes, 30 de enero de 2017

"Calle Berlín, 109" de Susana Vallejo


"Barcelona apesta.

 
Son los cambios de presión. Hay días en los que el submundo secreto y podrido que habita bajo nuestros pies se empeña en recordarnos su existencia.
 
Los cambios de presión no sólo afectan a las alcantarillas de la ciudad, también consiguen que la pierna mala me atormente como si un minucioso inquisidor medieval se esmerase maltratando cada músculo y cada tendón.
 
Hacía ya tiempo que no hablaba de la pierna izquierda o derecha; sólo de la buena o la mala. Y en días como ese, la pierna mala me dolía tanto como si me estrujasen los cojones.
 
Me pregunté si aquel tufo de cloaca podría considerarse un mal augurio. Pero ¿qué podría ser peor? Después de todo, Pep ya estaba muerto.
 
Lo habían torturado hasta morir. Su cadáver había aparecido en la cuneta de una carretera secundaria cerca de Castellbisbal y Maite sólo había podido reconocerlo por su ropa y por la alianza. Le habían destrozado la cara, le habían cortado los huevos y le habían golpeado hasta hacerle picadillo no sé cuántos órganos.
 
No quise preguntar a mis antiguos compañeros en qué orden habían hecho cada cosa ni en qué momento le habría llegado la muerte que le ahorrara el sufrimiento. Yolanda era la única con quien me apetecía hablar de Pep. Pero después del funeral se había marchado de vacaciones y hasta que regresara sólo podía dar vueltas al último mensaje que mi amigo me había dejado en el contestador.
 
Dos días antes de morir Pep me había llamado.
 
«Sigues viviendo en la calle Calabria, ¿verdad? —decía—. Quiero hablarte de algo que he descubierto en la calle Berlín, en el 109. Te pilla al lado... Quizás puedas echarme una mano. Como en los viejos tiempos, company. ¿Quedamos el jueves? Anda, dame un toque y dime algo.» Por eso aquel día de temprana primavera, durante mi paseo matutino, no pude evitar pasarme por Berlín y echar un vistazo al portal del número 109.
 
Me dejé caer sobre el banco de la parada del autobús y contemplé la fachada del edificio."
 

Empecé a leer "Calle Berlín, 109" sin tener ni idea de qué iba el argumento de la novela, sin saber su género, sin conocer de nada a su autora, solamente porque me gustó la foto de la portada. Me gustó porque me recordó a “La ventana indiscreta”, una de mis películas favoritas de Alfred Hitchcock y me llevé una agradable sorpresa porque, en pocas páginas, me enganchó. El argumento también me recordó al de la película en la que el protagonista, un fotógrafo herido en un accidente, pasa los días en casa observando a los vecinos de los bloques de enfrente hasta descubrir sus alegrías, sus miserias e, incluso, un misterioso crimen.
 
La historia que nos cuenta la novela empieza cuando Gerard Tauste, un mosso d’esquadra de baja por una herida que recibió en la pierna, decide investigar por su cuenta un inquietante mensaje que le dejó grabado en el contestador su compañero de trabajo Pep antes de ser brutalmente asesinado. En él le hace partícipe de sus sospechas sobre lo que está ocurriendo en el portal nº 109 de la C/ Berlín. Muy pronto Gerard se dará cuenta de que los habitantes del edificio en cuestión guardan oscuros secretos.
 
La novela está estructurada en diferentes capítulos dedicados, cada uno de ellos, a un piso en concreto. En pocas palabras, la autora consigue describir perfectamente a cada uno de los habitantes del lugar. 
 
El bloque consta de seis pisos distribuidos en tres plantas: dos pisos en el entresuelo, dos pisos en la primera planta y otros dos pisos en la segunda planta.
 
En el primer capítulo conocemos al vecino que vive en el entresuelo 1º, Gustavo Adolfo, un sudaméricano que acaba de mudarse, casi no tiene muebles en el piso y su única ocupación es esperar una llamada telefónica.
 
En el entresuelo 2º vive Gabi (¿o no es Gabi?), una joven preciosa vestida siempre a la última y cuya ocupación laboral nadie conoce.
 
En el 1º 1ª viven Encarna y sus dos hijos. Durante su matrimonio sufrió malos tratos y, desde que su marido la abandonó, trabaja muy duro limpiando casas para sacar a sus dos hijos adelante, sin tiempo para sí misma. Sandra, la mayor, es una joven muy guapa que estudia en la universidad y que le gustaría llevar una vida llena de lujo. Álex, el pequeño, gana algún dinero vendiendo porros en el instituto.
 
En el 1º 2ª viven un matrimonio de ancianos formado por Zósimo y Luisa. Luisa no tiene consuelo porque su amado esposo sufre una triste enfermedad que, poco a poco, le está haciendo olvidar todos los recuerdos y la vida que compartieron.
 
En el 2º 1ª vive Emilio, un joven estresado en su trabajo, le tiene pánico a su jefe y, encima, su gran amor le ha dejado,  así que cree que ya no merece la pena vivir. 
 
Y, por último, en el 2º 2ª vive María Eugenia, o vivía, porque María Eugenia lleva varios meses muerta aunque nadie se ha dado cuenta. Su cuerpo permanece sentado en un sillón frente al televisor encendido y su espíritu vaga dando vueltas por todo el edificio. El fantasma de María Eugenia no sabe qué le pasa, ni entiende por qué ninguno de sus vecinos la saluda cuando se los cruza en la escalera, parece que el único que sí la ve es un perro que le ladra constantemente.
 
Viven en el mismo edificio pero apenas se conocen hasta que ocurre un suceso inesperado que les hace unirse y les obliga a empezar a relacionarse y a ayudarse unos a otros.
 
Es una novela muy entretenida, amena y rápida de leer, con todos los ingredientes para atraer nuestra atención desde el primer capítulo. Hay misterios, secretos, romances, humor, sorpresas, fantasmas,... De todo un poco. Y hace pensar o, por lo menos, a mí me hizo pensar. ¿Conozco a mis vecinos? ¿Mis vecinos me conocen? Nos cruzamos en la escalera, nos saludamos, de vez en cuando entablamos una conversación intrascendente y poco más.
 
¿Qué pasaría si observáramos detenidamente a nuestros vecinos y descubriéramos sus secretos, sus problemas personales, sus inquietudes y... que no son lo que parecen?

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