jueves, 23 de febrero de 2017

No me gusta mi trabajo


En los tiempos que corren y con la grave crisis económica que tenemos encima poco importa si nos gusta o no nuestro trabajo, si nos sentimos realizados y felices con él o si, por el contrario, nos amarga la vida. ¡Qué más da! Es lo que hay y punto. Debemos sentirnos muy afortunados los que lo tenemos y lo vamos conservando a pesar de la catastrófica situación.
 
Yo soy una de esas personas a las que no les gusta su trabajo. Después de unas cuantas entrevistas en las que te dicen el consabido: "Ya te llamaremos si eso" y no vuelven a dar señales de vida, llega un día en el que te dicen que sí, que puedes empezar tal día y ni te lo piensas. Te desborda la alegría porque por fin has logrado tu objetivo, has conseguido un puesto de trabajo.
 
Pero cuando llevas un tiempo moviendo papeles de una mesa a otra, de un despacho a otro, de arriba a abajo y de abajo a arriba, te planteas si esa labor que desempeñas te hace feliz. A mí me pasó que, un buen día, me di cuenta de que no me gustaba mi trabajo, que no era lo que yo había soñado ni por asomo, que no era para lo que me había pasado varios años estudiando y preparándome. Simplemente era el primer trabajo que me ofrecieron.
 
Ante la situación que estamos viviendo ni se me pasó por la cabeza el dejar el trabajo puesto que, para bien o para mal, es lo que me permite comer y pagar mis facturas.
 
Así que cada día, a las 06:00 de la mañana me suenan la alarma del móvil y, dos minutos, después el despertador, por si acaso me quedo dormida. Cojo el autobús, que la mayoría de los días va con retraso, y hago un trayecto de unos cuarenta minutos aproximadamente. Cuando me bajo en la estación todavía tengo que caminar unos doce minutos y, ¡por fin!, llego. Soy muy puntual así que antes de las ocho ya estoy al pie del cañón dale que te pego.
 
El edificio es de lo más moderno. La torre más alta de toda la ciudad, pero tiene un problema: es un edificio inteligente, con todo lo que ello conlleva. Veamos: planta diáfana con enormes cristaleras que van del suelo al techo, pero cerradas herméticamente, lo que provoca que no haya una ventilación adecuada, no hay luz natural, hay demasiados ordenadores, fotocopiadoras e impresoras amontonados en un mínimo espacio y todo tipo de bichitos campando a sus anchas (ratones, cucarachas, mosquitos tigre, pececillos de plata, arañas,...), un estupendo sistema de climatización que nos condena a pasar del calor más extremo al frío más congelante y, encima, con la salida del chorro de aire cayendo directamente sobre nuestras cabezas durante horas y horas. 

A todas estas cosas se ha unido últimamente la confirmación de que el edificio está enfermo. Varios de mis compañeros sufren de diversos problemas respiratorios, irritaciones de ojos, nariz y garganta, dermatitis, estrés, jaqueca, sequedad de la piel, depresión y otros problemas de salud que mejoran considerablemente durante los fines de semana y las vacaciones. Concretamente, una de mis compañeras ya está diagnosticada con el síndrome del edificio enfermo y yo estoy bastante preocupada últimamente porque, cada mañana llego en perfectas condiciones, pero sobre las doce del mediodía tengo un fuerte dolor de cabeza, día tras día.

¿Cómo va a gustarme mi trabajo? Y, aun así, no me puedo quejar y estoy contenta porque, como ya he dicho más arriba, para bien o para mal, es lo que me permite comer y pagar mis facturas. 

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